La revolución de las mujeres palo

La revolución de las mujeres palo empieza en los percheros. En esos vestidos negros en forma de saco, sin forma ni figura, que con tanta rapidez, eficacia y entusiasmo se venden en las tiendas de Amancio. Empieza en las dietas proteicas y de carbohidratos a las que miles de mujeres y niñas se someten para perder “esos kilitos de más”, y entrar en ese vestido de fin de año que compraron en las rebajas de verano, o en la tercera oferta de temporada. En esas miles de horas mirando revistas y sudando para tener el cuerpo de un ángel de Victoria Secret. Está en esas mujeres que desean tener menos pecho para que no se les marquen los miles de vestidos apretados que existen, y para que a la hora de hablar, no les miren las tetas con descaro y así se dignen a dirigirles el habla mirándoles a los ojos. Se encuentran en las curvas de una joven en desarrollo, de las maduras, y de aquellas ya desarrolladas que se esconden detrás de amplios jerséis para que no les miren mal al pasar. Está en las miles de horas que alguien no concebido por la moda española, se pasa preguntando delante de un espejo si alguien se va a fijar en la ondulación exhuberante que hace su falda al danzar al compás del paso.

La revolución de las mujeres palo ha empezado, y está siendo olvidada por una sociedad superficial que ha dejado libre los placeres humanos físicos, para convertir, a tanto hombres como mujeres, en el símbolo de objeto feo al no disciplinarse dentro de un patrón concebido por una marca barata de ropa. Son cada vez más los días que veo a niñas adolescentes mostrando el típico agujero entre los muslos y luciendo orgullosas su vientre plano. De matarse de hambre y comprarse la ropa más ceñida para marcar esos espacios en blanco. Y yo me pregunto: ¿Ahora todas nacen así, como paridas de un molde, o realmente hay cada día un número más elevado de trastornos alimenticios por culpa de la moda, y los mundanos no nos enteramos?

Que continúe la revolución si así los grandes diseñadores, prototipos y modelos quieren. Que viva en el exterior, y que sigan existiendo tiendas donde lo que importe no sea la talla, sino la calidad del producto. Que a mí, la paranoia, no me llegue nunca, porque he concebido lo que es vivir atado a tu propia dieta, al qué dirán y al aspecto físico. Sea como sea, y como dijo alguien una vez: “Para vivir en los huesos, ya tendremos toda una eternidad”.

-Carla Sala Ruhi

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Querido profesor/a

Querido profesor/a,
Tengo algo que confesarle, y es que no estoy aprendiendo nada.

“Le das demasiadas vueltas a la cabeza”, me respondió un profesor en una revisión de examen. “Piensas demasiado”, continuó. ¿Cómo puede uno “darle demasiado a la cabeza” si se encuentra delante de algo que intenta comprender o expresar? ¿Acaso no somos universitarios? ¿Podría decirme por qué está mal pensar? Es que pensar, que palabra tan olvidada en pleno siglo XXI. Nos encontramos en la época de la libertad y la revolución global, y parece que nos movamos como autómatas siguiendo las directivas establecidas por un sistema envejecido, y que no favorece a todos los estudiantes.
Lo siento, profesor, pero no me sirven ni sus clases ni su asignatura. Lo siento, profesor, no me estoy formando con el método de estudio que está aplicando, ni tampoco con las clases que me está dando. Estas son las palabras que le hubiese dicho si pudiera hacerle frente a la planificación educativa, pero que intento decirle ahora.

¿Sabe lo que es mirar un examen y decir: “Esto me lo sé”, pero luego suspender por “no ser exactamente” lo que usted requería? Estamos delante de un sistema que prefiere las palabras textuales dichas en clase y el parafraseo del profesor, al razonamiento general del alumno y su comprensión por el temario que se le ha dado. Somos loros. Loros con la misión de empollar un programa, muchas veces inútil, que debe ser vomitado en los exámenes de manera concreta para poder superarlos. Además, el volumen de estudio incrementa cuando tienes ocho asignaturas diferentes cada semestre, y estás repitiendo asignaturas como Política, Radio, Televisión o Historia, todos los años en un temario igual al 90%; y que además, comporta averiguar cómo vas a tener que explicarlo de forma distinta, y que sea de agrado al nuevo profesor que te va a impartir la materia. Aunque ya lo hayas explicado anteriormente de otra forma.

Muchas veces me siento estúpida. Cateta, por no saber empollarme lo que una persona me dice, y que al intentar expresarlo con mis propias palabras falle así en el intento de pasar la asignatura. Vaya, suspendiendo. Dándole importancia a un número. Un número que resume mi paso por sus clases, y que supone el resultado de mi trabajo, esfuerzo y conocimiento sobre cierto campo. Un número que para el Estado y el sistema educativo, es igual a mi coeficiente intelectual y al conocimiento que puedo tener sobre un tema.

Llegados a este punto, cabe decir también que no es así en todas las ocasiones. Hay profesorado muy apto que valora la inteligencia personal del alumno y no espera en ningún momento que repita textualmente el temario dado; sino que le hace razonar. Pensar. Aquí vuelve a salir lo que le exponía al principio. Pensar es la clave para que realmente se demuestre el conocimiento de un estudiante con respecto a la materia que se le ha dado. Algunos ya lo han entendido y ya no preguntan cuestiones específicas acerca de algo concreto. Sabe, no por no poner una definición al pie de la letra, e igual a como usted o un personaje concreto de la historia lejana dijese, no se ha estudiado. No todo debe basarse en exponer lo que otro ser humano ha filosofado antes que tú.

Le soy sincera al decir que no estoy aprendiendo nada, y cuando intento comprender algo que realmente me interesa, solo me toca expulsarlo en un examen a final de semestre que no ayuda a mi aprendizaje. Además, no olvidemos, que si corriges o añades información que el maestro no ha dado, aunque ésta sea correcta, siempre va a estar mal. Usted lo rebate diciendo que eso no es algo que haya adquirido durante sus años como docente. Pero qué es, al final, la universidad sino un tiempo y un espacio de investigación, aprendizaje y trabajo. ¿No le parecería mejor premiar el error, el equivocarse y saber salir adelante? Equivoquémonos. Riñanos, si lo cree conveniente. Enfádese. Aprenda a fastidiarse. Discutamos. Tengamos una ventana abierta al diálogo, y no quiera tener la razón. Riamos, si hace falta. Aprendamos. Yo de usted, y usted de mí. Nunca se deja de crecer como persona, y nunca se sabe de dónde va a proceder el conocimiento. Atrevámonos. Atrévase, porque llegará el día en que sea demasiado tarde. Ni Einstein, ni Jobs, ni Hawking, ni Christie, ni muchos otros más, fueron a la universidad porque la encontraban inútil. Hablamos de personajes de hace décadas y siglos que rehusaron del conocimiento y prefirieron encontrarlo en otros lugares. ¿Pretendemos seguir igual?

Llámeme rebelde, suspéndame, haga lo que quiera; pero sólo soy la voz que refleja una idea, y la chica que da mil vueltas a los pensamientos de su cabeza y seguirá haciéndolo.  

Muchas gracias,

Carla.

Reflexiones de madrugada

Felicidad: “1. f. Estado de grata satisfacción espiritual y física.
2. f. Persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz.
3. f. Ausencia de inconvenientes o tropiezos”.
Esta es la definición según la RAE. Razonable. Didáctica. Concreta. Específica. Pero, ¿es para todos así?

Más de una hora estuvimos en clase discutiendo acerca de cuál es el verdadero significado de esta palabra y no se llegó a ninguna conclusión específica. Algunos decían que podía ser un estado sentimental. Otros que es una etapa. Alegría. Entusiasmo. La misma RAE da distintas definiciones sobre felicidad que, aunque parezcan relacionables entre sí, los conceptos de los que nos informa son verdaderamente distintos.

No es la primera vez que en una conversación informal con amigos sale el tema, y no es la primera vez que después de vivir un día más, mi opinión acerca de este sustantivo cambia. Al principio de todo, cuando los problemas aún no habían empezado y la poca inocencia que he tenido aún permanecía en mi ser, creía que la felicidad era comerme un buen trozo de pizza, de leer un buen libro o de disfrutar de una buena canción a oscuras y en silencio. Poco después decidí que la felicidad no existía, que los hombres veníamos al mundo a sufrir en silencio para que nos diesen una puntada de pie en el culo, y aquello al que podríamos llamar felicidad solo eran instantes efímeros de alegría ocasionada por alguna meta deseada. Allí es cuando estuve de acuerdo con la tercera definición que da la RAE.
Pero como todo en esta vida, las etapas pasan, y no es hasta que tocas fondo y ves el mundo exterior, cuando realmente te das cuenta de que todo aquello que creías haber adquirido anteriormente mediante la comprensión del mundo, y la aprehensión de los sucesos, era totalmente erróneo.

Mi vida no ha sido de color rosa, nunca había sido feliz como tal; me rodeé de gente oscura, y leí a Nietzsche y Freud en secreto. He leído, he visto, he vivido, he hablado y con casi veintiún años creo que ya me he creado mi propia filosofía de vida.
Un día, después de llegar del trabajo, de estar diez horas de pie atendiendo clientes con muchos humos y cuatro jóvenes maleducados, me desplomé en el sofá de mi casa y puse los pies encima de la mesa antes de ponerme a llorar desconsoladamente. Mi madre, después de estar todo el día trabajando, vino con una crema a masajearme los gemelos, y a calmar mi llanto. Afirmo que esa noche dormí poco. Soy de esas personas que antes de meterse en la cama solucionan los problemas mentalmente, y tiene conversaciones consigo misma intentando solucionar aquello que cree que aquel día ha salido mal. Entonces no lo vi, pero a las semanas, sucesos exteriores a mi persona, me dieron a entender algo que quizá se me había pasado por la cabeza, pero nunca había llegado a poner en palabras. Puse una definición a felicidad.

Para empezar, he descubierto que la felicidad es algo que no sientes, tu no dices: “Estoy feliz” sino “Soy feliz”. Después, que cada uno entiende la felicidad a su manera. Para mí, es disfrutar de las pequeñas cosas de cada día, todos los días. De luchar para seguir adelante, a pesar de los problemas que te ponga la vida, y de valorar las cosas que tienes. Es ser fuerte. Tener un par de narices. De sonreír, aunque te estén dando palos. De llorar enfrente de alguien y no avergonzarte. De decir: “Hoy no, pero mañana sí”. Tener a alguien a tú lado. Comer. Dormir. Escuchar música. Aprobar un examen e incluso suspenderlo. Darte cuenta de tus errores. Aprender. Adquirir conocimiento. Leer. Ver una buena serie. Una risa. Un beso. Un abrazo. Un: “Estoy a tu lado”.

No me paro a pensar si la vida que tengo está llena de sucesos remarcables, ojalá los tenga en un futuro. Ojalá consiga mis sueños y sea una gran novelista en algún momento de mi vida. Pero es que no concibo la felicidad como el hecho de conseguir un logro o de estar bien conmigo misma, no me va eso de “un estado de satisfacción espiritual y física”, o de necesitar a alguien para saber qué es la felicidad. La concibo como el hecho de ponerle un par de narices al asunto y decir: “Vida, aquí estoy. Me las has hecho pasar canutas, ¿te lo pasas bien? Pues nada, me alegro. Yo también. Pero, ¿sabes qué? Sigo viva, y no sabes cómo me alegro de estarlo”.

-Carla Sala Ruhi

Niveles de estupidez

Llevo asistiendo desde principios de febrero a un seminario de salud. Todas las sesiones me parecieron muy correctas, unas más aburridas que otras quizá, pero un día apareció una nutricionista. Así de la nada. Obviamente hablamos del sobrepeso, de la obesidad, de los trastornos alimenticios y de qué es sano comer.

Todo iba bien hasta que empezamos a hablar de comida y de campañas publicitarias. Mira, que me digas que el chocolate es malo, que las galletas no son buenas, y que tenemos que comer más verdura, pues no me parece algo extraordinario; te diré que sí, y cuando llegue a mi casa haré lo que me salga de las narices. Cómo ahora, que estoy desayunando croissants de chocolate blanco con Cacaolat. Es mi desayuno, y me da igual que me digas que es malo. El problema es que después de que te repitan tanto las cosas, la gente se acaba cansando, y se rebelan en contra los eslóganes que la sociedad intenta meternos en la cabeza. La gente tiene ansiedad, estrés y depresión en un mundo donde el tiempo se calcula en segundos, y el cuerpo es la nueva seña de identidad. Las cuentas fitness van en aumento todos los días; los influencers, modelos, y otras mierdas de estas que no sirven de absolutamente nada, pero que cobran un pastizal por estar en forma o colgar vídeos estúpidos en una plataforma social, se han convertido en los nuevos ídolos de hoy. Apasionante. Vaya, un mundo mejor. Quizá feliz, como decía mi amigo Huxley. Diciendo su nombre, y no dando una referencia acerca de su persona, estoy dando por supuesto que todos aquellos que por fortuna, o descuido, leáis esto sabéis quién es, sino, pues nada, buscadlo en la mayor fuente de información del mundo: Google.

La segunda parte de la sesión fue mejor. Nos pusieron la nueva campaña de ZARA. El poster dice así: “Love your curves”. Ajá, me parece bien. Sí, tenemos que querer a nuestras curvas. Somos mujeres y debemos tenerlas si en algún momentos queremos parir. Es así, no hay más. Cuanto más estrecha es la cadera, más duele el parto. Por eso tenemos curvas. Naturaleza humana. Ahora, la parte que me enerva es que en el cartel no salen mujeres con curvas, salen dos niñas que parece que tengan doce años, maquilladas y retocadas con photoshop a más no poder, y que son más planas y rectas que una tabla de planchar. No puedes hacer eso. La gente no es tonta. La gente se cabrea. Yo ya os dije lo que me pasó en una tienda de MANGO, está en la publicación de “Mujeres” por si queréis recordarlo, y que ahora mi amigo Amancio Ortega me salga con esta campaña de marketing por parte de sus directivos pues no parece bien.
Supongo que yo ya estaba hecha a la idea con la campaña porque el cartel ya lo había visto antes. Ya tenía una opinión establecida. Lo que más me dolió fue que después de enseñar una foto de una modelo con curvas reales una de las asistentes dijera con total normalidad: “Una cosa es ser modelo, y la otra es tener sobrepeso”. Os juro que me quedé en shock. Anonadada. Pero a ver, ¿cómo puedes decir eso, so estúpida? ¿Te gustaría que a ti por ser alta y delgada te dijeran que tienes un trastorno alimenticio? Venga hombre venga, pero hasta dónde hemos llegado. La nutricionista le contestó que nos hablaría de sobrepeso más adelante, pero es que el tema se quedó allí, nadie le contestó. Nadie dijo nada. No hablé porque sabía que acabaría soltando alguna barbaridad, pero nada. Es que nada. No sabéis lo mal que llegué a sentirme. No sé que más se dijo a partir de ese instante, porque cogí el teléfono y me puse a hablar por WhatsApp sobre la contestación que le daría, pero es que en los momentos que conectaba de nuevo, ya fuese por parte de algún asistente o por parte de la ponente, alucinaba con lo que se estaba diciendo.

Estos temas me superan. Estoy hastiada. Hasta las narices. Solo veo pandas de inútiles intentado ganar seguidores enseñando su cuerpo, y a gente estúpida siguiéndoles el rollo y que pretenden parecerse a ellos. ¿Podemos llegar a decir que el mundo se ha dividido en dos bandos? Según mi amiga del seminario diríamos que sí, los que tienen sobrepeso u obesidad, y los que tienen anorexia. Pero eh, no os preocupéis que con Trump, la política, las corrupciones y los atentados, se arregla todo. No tenéis que preocuparos, acabaremos todos muertos.

-Carla Sala Ruhi

Oreos

Era de madrugada cuando recibí el primer mensaje de Juanjo. Tenía el teléfono en silencio, así que la luz de la pantalla de mi móvil tuvo que iluminarse varias veces antes de que consiguiese despertarme. Saqué una mano de debajo de las sábanas y sentí el frío de la noche subiendo por mi brazo; primero la muñeca, el antebrazo, el codo… Busqué a tientas el teléfono en la mesilla de noche. Entreabrí un ojo intentando leer los mensajes que iban apareciendo con demasiada rapidez en la pantalla. Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz pude centrar la vista. Me levanté con rapidez haciendo que la sangre me bajase de golpe desde la cabeza, e impactase en el estómago. Tuve que apoyarme en la pared para no caerme tumbada de nuevo. Respiré hondo y saqué los pies de la cama. Me vestí por encima del pijama con la ropa que tenía tirada encima de la silla y, mientras empujaba los pies en los zapatos, agarré con la mano libre la mochila apoyada en la mesa.

Tenía poca comida en los armarios del piso, pero como nunca nos faltaban galletas, me apropié del paquete de oreos medio abierto. Fuera hacía frío, y el aire invernal me golpeaba el rostro haciendo que me picasen las mejillas, y me quedase la boca seca al respirar. Me subí la bufanda hasta la nariz mientras andaba segura hacia mi destino. Cuando llegué, lo encontré apoyado en la corta pared de piedra del puente. Los hierbajos habían empezado a crecer entre los bajos muros, y la madera robusta que hacía de suelo parecía débil bajo su peso. El suelo estaba mojado y medio congelado, y el río, que circulaba por debajo de nosotros, rugía al chocar con las rocas. Pequeñas gotas de agua dulce saltaron hasta mis gafas cuando me agaché con cautela y me senté a su lado. Él se encontraba en posición casi fetal, la cabeza escondida entre las piernas y las manos apoyadas en las rodillas. Para entrar en calor y reconfortarle, le rodeé con un brazo atrayéndolo hacia mi pecho. Levantó la cabeza mientras recogía el móvil que descansaba, oscuro, en su costado.

– Has llegado rápido.
– No me has dado otra opción -dije mientras le acariciaba el pelo- ¿Qué ha pasado?
– Te he despertado -se apartó para mirarme fijamente mientras sus ojos compungidos se cerraban al inclinar la cabeza-. Lo siento, de verdad.
– Eh -susurré mientras le levantaba la barbilla para dejar su cara al mismo nivel que la mía-. Me has despertado. No es tan grave.
Noté como tiritaba bajo mi tacto y el agua goteaba desde su nariz.
– ¿Se puede saber cuánto tiempo llevas aquí sentado? ¿Dónde has estado?
– Aún no he vuelto a casa -respondió avergonzado-. No quiero que nadie me vea.
Giré sobre mí misma para coger la mochila.
– Come -le amenacé poniéndole el paquete de oreos medio abierto delante de la cara- Hacía tiempo que no veníamos a este lugar -suspiré-. Ahora, dime, ¿qué es lo que ha pasado?
Habló con la boca negra y pastosa, por lo que no pude distinguir con claridad sus palabras.
– ¿Qué has dicho del piano?
Masticó deprisa la masa que se le había formado, e intentó volver a hablar, pero se atragantó. Empezó a toser y pequeñas migas saltaron hacia el agua. Le miré con preocupación mientras le daba unas palmadas en el pecho intentando que se recompusiera. Sabía que era mala idea, pero lo hice igualmente. Cuando se rehízo le cogí la cara entre las manos y esperé a que dijese algo más.
Por un instante, se le iluminaron los ojos al mismo tiempo que cogía aire por la nariz, pero con un golpe de cabeza, volvió a su estado taciturno. Como siempre, no dijo nada. Me quedé mirándolo esperanzada a que decidiese aportar sus pensamientos a la situación. Nada. Su vacía mirada me observaba inquisidoramente.
-Sabes, llegará un día en el que me canse de esperar a que hables. Que decidiré no escrudiñar tu cerebro en busca de las palabras que nunca me dices, y en el que no me ilusionaré al ver ese brillo detrás de tus ojos. Que el “nada”, que siempre me contestas, ya no será una respuesta válida, y todo sueño que haya podido tener de estar contigo, lo acabaré dando por perdido. Me has dicho que venga, y aquí estoy. Me has dicho que era urgente, y he salido con el pijama. –Medio sonrió- ¿Se puede saber cuánto tiempo llevamos con esta tontería? –le di un golpe en el pecho con el dorso de la mano- Por el amor de dios, ¡bésame de una maldita vez!

Me miró sorprendido. Cogió la mano con la que acababa de pegarle, y la besó para atraerme seguidamente hacia él. Todo pasó muy deprisa. Lo siguiente que recuerdo es estar apoyada junto a la corta pared de piedra, mientras él vomitaba una masa pastosa, negra y con un olor desagradable en el río que seguía fluyendo.

-Mierda. No me acordaba que eras alérgico a la lactosa.

En ese instante, unas voces empezaron a proferir gritos detrás de nosotros. Siempre tan puntuales. Siempre tan precisos. Nuestro grupo de amigos volvía de fiesta entre latas de cerveza y humaredas con olor a maría. Nos levantamos de golpe y entre alcohol y luces, un flash fijó la imagen de una cuadrilla; dos pares de imbéciles con las pupilas rojizas y una pareja sonrojada con los ojos entornados.

-Carla Sala Ruhi

Buenos días

Siete de la mañana. Suena el despertador. El cojín se me ha marcado en la mejilla, y la tela del pantalón del pijama ha subido hasta la pantorrilla. Hace frío.
El primer día de universidad después de las vacaciones de Navidad se presenta diferente, entusiasmante, cansado.
“Por lo menos puedo estrenar mi cafetera nueva”. El pensamiento aparece en mi mente poco después de que los ojos se hayan acostumbrado a la penumbra que aún reina la habitación.
Me noto la boca seca y a tientas busco el agua sobre la mesilla de noche. El móvil, las gafas, un libro, horquilla, goma de pelo… botella. “Demasiadas cosas para un espacio tan pequeño”. Un escalofrío. “Maldito tiempo matutino del norte”. Me planteo el no ir a clase y quedarme en la cama; no tengo ansias de enfrentarme a elegir un vestuario adecuado a la meteorología. “Vamos, hooligan, levanta el culo de la cama y vístete; o al menos prepárate el desayuno”. Gracias conciencia y sentido del bien por actuar en contra de mi propia voluntad. ¿Alguna vez tenéis discusiones internas? Hablo conmigo misma demasiadas veces.

A pesar del frío, el sol escondido entre las montañas del Perdón, empieza a asomarse. Brilla. Me duelen los ojos. Las gafas están sucias a pesar de haberlas lavado hace menos de media hora. “¿Por qué se ensucian tan deprisa los cristales de las gafas?”. He estrenado los nuevos cascos que me han regalado los reyes, así que dejo que la música se introduzca por el conducto auditivo y me llegue al cerebro. Instintivamente mis labios se mueven al ritmo de la melodía y mi andar se acompasa a la canción que resuena en mi oído.
El camino a la universidad se hace corto y ya me encuentro bajando por la cuesta detrás del edificio de tochos marrones. “Echaba de menos este lugar”.
Buscar la tarjeta para poder entrar a la facultad se hace embarazoso, “¿dónde narices la habré metido?”. Aprovecho para saludar a los bedeles y a las antiguas caras cuyo conocimiento ya había adquirido.
Cómo ya había consultado el horario se a que aula debo dirigirme. Un golpe de cabeza por aquí, un “Hola, feliz año” por allá, algún que otro abrazo… La clase esta vacía así que escojo el mejor sitio del aula. Fila dos. En medio. Para estar atenta, o al menos intentarlo.

El profesor entra en el aula. Se hace el silencio. Una puerta se abre; alguien que llega tarde. “Hola a todos, este semestre…” La voz del profesor resuena en los altavoces del aula y se abren los ordenadores para empezar a tomar apuntes.
Esta vez va de verdad. Empecemos.

Saltamontes

Verano. Adoraba el verano en su pueblo. Bueno, mentira. En verdad no, pero le gustaba el clima del Mediterráneo. Vivía en un pueblito con playa y muchos guiris, pero al mismo tiempo era bastante silencioso a causa de ser más bien un pueblo Bed&Breakfast. La población había ascendido en los últimos años, y las calles cada día estaban más sucias. El olor a marijuana se olía por las esquinas, y las paredes grafiteadas adornaban las calles con todo su esplendor. A pesar de eso, la mayoría de gente aprovechaba los días de verano para viajar a los pueblos vecinos y disfrutar de las buenas playas, y las fiestas mayores que se celebraban durante esa época.
Ese día patinaba en silencio, mientras la música se reproducía en sus auriculares, por las vacías calles de su pueblo. Llevaba una vieja camiseta que había adquirido gratuitamente uno de esos años en los que hizo de voluntaria en las jornadas de teatro, y un viejo pantalón desgastado que su madre le había comprado por cuatro euros en el Carrefour. Subía la cuesta que llevaba al paseo de la playa cuando volvió a encontrarse con su mirada. Paró en seco intentando no caerse de bruces mientras se agarraba al poste de una de las farolas de la estación de tren.

-¿Pero qué ven mis ojos? Cuanto tiempo sin verte – dijo acercándose a él andando como podía.
-Poco has cambiado. Estás tan guapa como siempre – respondió mientras sonreía y le daba dos besos.
-Qué quieres que te diga, me sienta bien la vida universitaria. Aunque no es que el tiempo sea ideal por allí arriba así que tengo la piel hecha un desastre -se quejó mientras le miraba con incredulidad.
-¿A qué se debe esa cara?
-Nada, me sorprende que ya no abraces.
-Pensaba que tú no dabas abrazos.
-Solo si la persona es especial.

Se miraron leyéndose el pensamiento y se fundieron en un abrazo. No se sabe cuanto tiempo duró. Ella cerró los ojos mientras inspiraba. Recordaba los viejos tiempos. Las historias que habían vivido. Las risas. Los llantos. Las conversaciones poco profundas, y cómo le quiso com a su hermano pequeño.

-Realmente te echaba de menos.
-Yo también. ¿Por qué te fuiste sin despedirte?
-Por qué pensaba que aquí ya no me quedaba nada.
-Siempre me tendrás a mí. Lo sabes.
-Lo sé.
-Creo que nos debemos una charla.
-Ciertamente.
-Persona de pocas palabras.
-Quejica.
-Tozuda.
-Conejo blanco.
-Osa.
-Renacuajo.
-Tapón.
-Oye, con mi altura no te metas, Victoria.
-¿Victoria?
-Sí, ahora eres mujer.
-Muy bien, Carlos. Qué así sea.

Se miraron con una sonrisa escondida en la comisura de los labios y empezaron a reirse sin control.

-Debería irme -dijo ella mientras se secaba una de las lágrimas que le resbalaba por la mejilla- aún debo ir a hacer algunos recados que me han encargado en casa. ¿Nos vemos mañana?
-Mañana suena perfecto. ¿Vienes?
-No, ven. Cuando me saque el carnet ya te haré demasiadas visitas.
-Entonces tenemos un plan.
-Tenemos un plan.

Se despidieron con un abrazo y dos besos. Olvidó el subir la cuesta y dirigirse a la playa, así que bajó la calle que llevaba al supermercado sintiendo aún la mirada del chico en su nuca. Sonrió.

Desde entonces han comido demasiadas palomitas y se han contado demasiadas historias escabrosas.
Nos vemos en breves Victoria.

-Carla Sala Ruhi