Querido profesor/a

Querido profesor/a,
Tengo algo que confesarle, y es que no estoy aprendiendo nada.

“Le das demasiadas vueltas a la cabeza”, me respondió un profesor en una revisión de examen. “Piensas demasiado”, continuó. ¿Cómo puede uno “darle demasiado a la cabeza” si se encuentra delante de algo que intenta comprender o expresar? ¿Acaso no somos universitarios? ¿Podría decirme por qué está mal pensar? Es que pensar, que palabra tan olvidada en pleno siglo XXI. Nos encontramos en la época de la libertad y la revolución global, y parece que nos movamos como autómatas siguiendo las directivas establecidas por un sistema envejecido, y que no favorece a todos los estudiantes.
Lo siento, profesor, pero no me sirven ni sus clases ni su asignatura. Lo siento, profesor, no me estoy formando con el método de estudio que está aplicando, ni tampoco con las clases que me está dando. Estas son las palabras que le hubiese dicho si pudiera hacerle frente a la planificación educativa, pero que intento decirle ahora.

¿Sabe lo que es mirar un examen y decir: “Esto me lo sé”, pero luego suspender por “no ser exactamente” lo que usted requería? Estamos delante de un sistema que prefiere las palabras textuales dichas en clase y el parafraseo del profesor, al razonamiento general del alumno y su comprensión por el temario que se le ha dado. Somos loros. Loros con la misión de empollar un programa, muchas veces inútil, que debe ser vomitado en los exámenes de manera concreta para poder superarlos. Además, el volumen de estudio incrementa cuando tienes ocho asignaturas diferentes cada semestre, y estás repitiendo asignaturas como Política, Radio, Televisión o Historia, todos los años en un temario igual al 90%; y que además, comporta averiguar cómo vas a tener que explicarlo de forma distinta, y que sea de agrado al nuevo profesor que te va a impartir la materia. Aunque ya lo hayas explicado anteriormente de otra forma.

Muchas veces me siento estúpida. Cateta, por no saber empollarme lo que una persona me dice, y que al intentar expresarlo con mis propias palabras falle así en el intento de pasar la asignatura. Vaya, suspendiendo. Dándole importancia a un número. Un número que resume mi paso por sus clases, y que supone el resultado de mi trabajo, esfuerzo y conocimiento sobre cierto campo. Un número que para el Estado y el sistema educativo, es igual a mi coeficiente intelectual y al conocimiento que puedo tener sobre un tema.

Llegados a este punto, cabe decir también que no es así en todas las ocasiones. Hay profesorado muy apto que valora la inteligencia personal del alumno y no espera en ningún momento que repita textualmente el temario dado; sino que le hace razonar. Pensar. Aquí vuelve a salir lo que le exponía al principio. Pensar es la clave para que realmente se demuestre el conocimiento de un estudiante con respecto a la materia que se le ha dado. Algunos ya lo han entendido y ya no preguntan cuestiones específicas acerca de algo concreto. Sabe, no por no poner una definición al pie de la letra, e igual a como usted o un personaje concreto de la historia lejana dijese, no se ha estudiado. No todo debe basarse en exponer lo que otro ser humano ha filosofado antes que tú.

Le soy sincera al decir que no estoy aprendiendo nada, y cuando intento comprender algo que realmente me interesa, solo me toca expulsarlo en un examen a final de semestre que no ayuda a mi aprendizaje. Además, no olvidemos, que si corriges o añades información que el maestro no ha dado, aunque ésta sea correcta, siempre va a estar mal. Usted lo rebate diciendo que eso no es algo que haya adquirido durante sus años como docente. Pero qué es, al final, la universidad sino un tiempo y un espacio de investigación, aprendizaje y trabajo. ¿No le parecería mejor premiar el error, el equivocarse y saber salir adelante? Equivoquémonos. Riñanos, si lo cree conveniente. Enfádese. Aprenda a fastidiarse. Discutamos. Tengamos una ventana abierta al diálogo, y no quiera tener la razón. Riamos, si hace falta. Aprendamos. Yo de usted, y usted de mí. Nunca se deja de crecer como persona, y nunca se sabe de dónde va a proceder el conocimiento. Atrevámonos. Atrévase, porque llegará el día en que sea demasiado tarde. Ni Einstein, ni Jobs, ni Hawking, ni Christie, ni muchos otros más, fueron a la universidad porque la encontraban inútil. Hablamos de personajes de hace décadas y siglos que rehusaron del conocimiento y prefirieron encontrarlo en otros lugares. ¿Pretendemos seguir igual?

Llámeme rebelde, suspéndame, haga lo que quiera; pero sólo soy la voz que refleja una idea, y la chica que da mil vueltas a los pensamientos de su cabeza y seguirá haciéndolo.  

Muchas gracias,

Carla.

Reflexiones de madrugada

Felicidad: “1. f. Estado de grata satisfacción espiritual y física.
2. f. Persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz.
3. f. Ausencia de inconvenientes o tropiezos”.
Esta es la definición según la RAE. Razonable. Didáctica. Concreta. Específica. Pero, ¿es para todos así?

Más de una hora estuvimos en clase discutiendo acerca de cuál es el verdadero significado de esta palabra y no se llegó a ninguna conclusión específica. Algunos decían que podía ser un estado sentimental. Otros que es una etapa. Alegría. Entusiasmo. La misma RAE da distintas definiciones sobre felicidad que, aunque parezcan relacionables entre sí, los conceptos de los que nos informa son verdaderamente distintos.

No es la primera vez que en una conversación informal con amigos sale el tema, y no es la primera vez que después de vivir un día más, mi opinión acerca de este sustantivo cambia. Al principio de todo, cuando los problemas aún no habían empezado y la poca inocencia que he tenido aún permanecía en mi ser, creía que la felicidad era comerme un buen trozo de pizza, de leer un buen libro o de disfrutar de una buena canción a oscuras y en silencio. Poco después decidí que la felicidad no existía, que los hombres veníamos al mundo a sufrir en silencio para que nos diesen una puntada de pie en el culo, y aquello al que podríamos llamar felicidad solo eran instantes efímeros de alegría ocasionada por alguna meta deseada. Allí es cuando estuve de acuerdo con la tercera definición que da la RAE.
Pero como todo en esta vida, las etapas pasan, y no es hasta que tocas fondo y ves el mundo exterior, cuando realmente te das cuenta de que todo aquello que creías haber adquirido anteriormente mediante la comprensión del mundo, y la aprehensión de los sucesos, era totalmente erróneo.

Mi vida no ha sido de color rosa, nunca había sido feliz como tal; me rodeé de gente oscura, y leí a Nietzsche y Freud en secreto. He leído, he visto, he vivido, he hablado y con casi veintiún años creo que ya me he creado mi propia filosofía de vida.
Un día, después de llegar del trabajo, de estar diez horas de pie atendiendo clientes con muchos humos y cuatro jóvenes maleducados, me desplomé en el sofá de mi casa y puse los pies encima de la mesa antes de ponerme a llorar desconsoladamente. Mi madre, después de estar todo el día trabajando, vino con una crema a masajearme los gemelos, y a calmar mi llanto. Afirmo que esa noche dormí poco. Soy de esas personas que antes de meterse en la cama solucionan los problemas mentalmente, y tiene conversaciones consigo misma intentando solucionar aquello que cree que aquel día ha salido mal. Entonces no lo vi, pero a las semanas, sucesos exteriores a mi persona, me dieron a entender algo que quizá se me había pasado por la cabeza, pero nunca había llegado a poner en palabras. Puse una definición a felicidad.

Para empezar, he descubierto que la felicidad es algo que no sientes, tu no dices: “Estoy feliz” sino “Soy feliz”. Después, que cada uno entiende la felicidad a su manera. Para mí, es disfrutar de las pequeñas cosas de cada día, todos los días. De luchar para seguir adelante, a pesar de los problemas que te ponga la vida, y de valorar las cosas que tienes. Es ser fuerte. Tener un par de narices. De sonreír, aunque te estén dando palos. De llorar enfrente de alguien y no avergonzarte. De decir: “Hoy no, pero mañana sí”. Tener a alguien a tú lado. Comer. Dormir. Escuchar música. Aprobar un examen e incluso suspenderlo. Darte cuenta de tus errores. Aprender. Adquirir conocimiento. Leer. Ver una buena serie. Una risa. Un beso. Un abrazo. Un: “Estoy a tu lado”.

No me paro a pensar si la vida que tengo está llena de sucesos remarcables, ojalá los tenga en un futuro. Ojalá consiga mis sueños y sea una gran novelista en algún momento de mi vida. Pero es que no concibo la felicidad como el hecho de conseguir un logro o de estar bien conmigo misma, no me va eso de “un estado de satisfacción espiritual y física”, o de necesitar a alguien para saber qué es la felicidad. La concibo como el hecho de ponerle un par de narices al asunto y decir: “Vida, aquí estoy. Me las has hecho pasar canutas, ¿te lo pasas bien? Pues nada, me alegro. Yo también. Pero, ¿sabes qué? Sigo viva, y no sabes cómo me alegro de estarlo”.

-Carla Sala Ruhi

Niveles de estupidez

Llevo asistiendo desde principios de febrero a un seminario de salud. Todas las sesiones me parecieron muy correctas, unas más aburridas que otras quizá, pero un día apareció una nutricionista. Así de la nada. Obviamente hablamos del sobrepeso, de la obesidad, de los trastornos alimenticios y de qué es sano comer.

Todo iba bien hasta que empezamos a hablar de comida y de campañas publicitarias. Mira, que me digas que el chocolate es malo, que las galletas no son buenas, y que tenemos que comer más verdura, pues no me parece algo extraordinario; te diré que sí, y cuando llegue a mi casa haré lo que me salga de las narices. Cómo ahora, que estoy desayunando croissants de chocolate blanco con Cacaolat. Es mi desayuno, y me da igual que me digas que es malo. El problema es que después de que te repitan tanto las cosas, la gente se acaba cansando, y se rebelan en contra los eslóganes que la sociedad intenta meternos en la cabeza. La gente tiene ansiedad, estrés y depresión en un mundo donde el tiempo se calcula en segundos, y el cuerpo es la nueva seña de identidad. Las cuentas fitness van en aumento todos los días; los influencers, modelos, y otras mierdas de estas que no sirven de absolutamente nada, pero que cobran un pastizal por estar en forma o colgar vídeos estúpidos en una plataforma social, se han convertido en los nuevos ídolos de hoy. Apasionante. Vaya, un mundo mejor. Quizá feliz, como decía mi amigo Huxley. Diciendo su nombre, y no dando una referencia acerca de su persona, estoy dando por supuesto que todos aquellos que por fortuna, o descuido, leáis esto sabéis quién es, sino, pues nada, buscadlo en la mayor fuente de información del mundo: Google.

La segunda parte de la sesión fue mejor. Nos pusieron la nueva campaña de ZARA. El poster dice así: “Love your curves”. Ajá, me parece bien. Sí, tenemos que querer a nuestras curvas. Somos mujeres y debemos tenerlas si en algún momentos queremos parir. Es así, no hay más. Cuanto más estrecha es la cadera, más duele el parto. Por eso tenemos curvas. Naturaleza humana. Ahora, la parte que me enerva es que en el cartel no salen mujeres con curvas, salen dos niñas que parece que tengan doce años, maquilladas y retocadas con photoshop a más no poder, y que son más planas y rectas que una tabla de planchar. No puedes hacer eso. La gente no es tonta. La gente se cabrea. Yo ya os dije lo que me pasó en una tienda de MANGO, está en la publicación de “Mujeres” por si queréis recordarlo, y que ahora mi amigo Amancio Ortega me salga con esta campaña de marketing por parte de sus directivos pues no parece bien.
Supongo que yo ya estaba hecha a la idea con la campaña porque el cartel ya lo había visto antes. Ya tenía una opinión establecida. Lo que más me dolió fue que después de enseñar una foto de una modelo con curvas reales una de las asistentes dijera con total normalidad: “Una cosa es ser modelo, y la otra es tener sobrepeso”. Os juro que me quedé en shock. Anonadada. Pero a ver, ¿cómo puedes decir eso, so estúpida? ¿Te gustaría que a ti por ser alta y delgada te dijeran que tienes un trastorno alimenticio? Venga hombre venga, pero hasta dónde hemos llegado. La nutricionista le contestó que nos hablaría de sobrepeso más adelante, pero es que el tema se quedó allí, nadie le contestó. Nadie dijo nada. No hablé porque sabía que acabaría soltando alguna barbaridad, pero nada. Es que nada. No sabéis lo mal que llegué a sentirme. No sé que más se dijo a partir de ese instante, porque cogí el teléfono y me puse a hablar por WhatsApp sobre la contestación que le daría, pero es que en los momentos que conectaba de nuevo, ya fuese por parte de algún asistente o por parte de la ponente, alucinaba con lo que se estaba diciendo.

Estos temas me superan. Estoy hastiada. Hasta las narices. Solo veo pandas de inútiles intentado ganar seguidores enseñando su cuerpo, y a gente estúpida siguiéndoles el rollo y que pretenden parecerse a ellos. ¿Podemos llegar a decir que el mundo se ha dividido en dos bandos? Según mi amiga del seminario diríamos que sí, los que tienen sobrepeso u obesidad, y los que tienen anorexia. Pero eh, no os preocupéis que con Trump, la política, las corrupciones y los atentados, se arregla todo. No tenéis que preocuparos, acabaremos todos muertos.

-Carla Sala Ruhi

Oreos

Era de madrugada cuando recibí el primer mensaje de Juanjo. Tenía el teléfono en silencio, así que la luz de la pantalla de mi móvil tuvo que iluminarse varias veces antes de que consiguiese despertarme. Saqué una mano de debajo de las sábanas y sentí el frío de la noche subiendo por mi brazo; primero la muñeca, el antebrazo, el codo… Busqué a tientas el teléfono en la mesilla de noche. Entreabrí un ojo intentando leer los mensajes que iban apareciendo con demasiada rapidez en la pantalla. Cuando mis ojos se acostumbraron a la luz pude centrar la vista. Me levanté con rapidez haciendo que la sangre me bajase de golpe desde la cabeza, e impactase en el estómago. Tuve que apoyarme en la pared para no caerme tumbada de nuevo. Respiré hondo y saqué los pies de la cama. Me vestí por encima del pijama con la ropa que tenía tirada encima de la silla y, mientras empujaba los pies en los zapatos, agarré con la mano libre la mochila apoyada en la mesa.

Tenía poca comida en los armarios del piso, pero como nunca nos faltaban galletas, me apropié del paquete de oreos medio abierto. Fuera hacía frío, y el aire invernal me golpeaba el rostro haciendo que me picasen las mejillas, y me quedase la boca seca al respirar. Me subí la bufanda hasta la nariz mientras andaba segura hacia mi destino. Cuando llegué, lo encontré apoyado en la corta pared de piedra del puente. Los hierbajos habían empezado a crecer entre los bajos muros, y la madera robusta que hacía de suelo parecía débil bajo su peso. El suelo estaba mojado y medio congelado, y el río, que circulaba por debajo de nosotros, rugía al chocar con las rocas. Pequeñas gotas de agua dulce saltaron hasta mis gafas cuando me agaché con cautela y me senté a su lado. Él se encontraba en posición casi fetal, la cabeza escondida entre las piernas y las manos apoyadas en las rodillas. Para entrar en calor y reconfortarle, le rodeé con un brazo atrayéndolo hacia mi pecho. Levantó la cabeza mientras recogía el móvil que descansaba, oscuro, en su costado.

– Has llegado rápido.
– No me has dado otra opción -dije mientras le acariciaba el pelo- ¿Qué ha pasado?
– Te he despertado -se apartó para mirarme fijamente mientras sus ojos compungidos se cerraban al inclinar la cabeza-. Lo siento, de verdad.
– Eh -susurré mientras le levantaba la barbilla para dejar su cara al mismo nivel que la mía-. Me has despertado. No es tan grave.
Noté como tiritaba bajo mi tacto y el agua goteaba desde su nariz.
– ¿Se puede saber cuánto tiempo llevas aquí sentado? ¿Dónde has estado?
– Aún no he vuelto a casa -respondió avergonzado-. No quiero que nadie me vea.
Giré sobre mí misma para coger la mochila.
– Come -le amenacé poniéndole el paquete de oreos medio abierto delante de la cara- Hacía tiempo que no veníamos a este lugar -suspiré-. Ahora, dime, ¿qué es lo que ha pasado?
Habló con la boca negra y pastosa, por lo que no pude distinguir con claridad sus palabras.
– ¿Qué has dicho del piano?
Masticó deprisa la masa que se le había formado, e intentó volver a hablar, pero se atragantó. Empezó a toser y pequeñas migas saltaron hacia el agua. Le miré con preocupación mientras le daba unas palmadas en el pecho intentando que se recompusiera. Sabía que era mala idea, pero lo hice igualmente. Cuando se rehízo le cogí la cara entre las manos y esperé a que dijese algo más.
Por un instante, se le iluminaron los ojos al mismo tiempo que cogía aire por la nariz, pero con un golpe de cabeza, volvió a su estado taciturno. Como siempre, no dijo nada. Me quedé mirándolo esperanzada a que decidiese aportar sus pensamientos a la situación. Nada. Su vacía mirada me observaba inquisidoramente.
-Sabes, llegará un día en el que me canse de esperar a que hables. Que decidiré no escrudiñar tu cerebro en busca de las palabras que nunca me dices, y en el que no me ilusionaré al ver ese brillo detrás de tus ojos. Que el “nada”, que siempre me contestas, ya no será una respuesta válida, y todo sueño que haya podido tener de estar contigo, lo acabaré dando por perdido. Me has dicho que venga, y aquí estoy. Me has dicho que era urgente, y he salido con el pijama. –Medio sonrió- ¿Se puede saber cuánto tiempo llevamos con esta tontería? –le di un golpe en el pecho con el dorso de la mano- Por el amor de dios, ¡bésame de una maldita vez!

Me miró sorprendido. Cogió la mano con la que acababa de pegarle, y la besó para atraerme seguidamente hacia él. Todo pasó muy deprisa. Lo siguiente que recuerdo es estar apoyada junto a la corta pared de piedra, mientras él vomitaba una masa pastosa, negra y con un olor desagradable en el río que seguía fluyendo.

-Mierda. No me acordaba que eras alérgico a la lactosa.

En ese instante, unas voces empezaron a proferir gritos detrás de nosotros. Siempre tan puntuales. Siempre tan precisos. Nuestro grupo de amigos volvía de fiesta entre latas de cerveza y humaredas con olor a maría. Nos levantamos de golpe y entre alcohol y luces, un flash fijó la imagen de una cuadrilla; dos pares de imbéciles con las pupilas rojizas y una pareja sonrojada con los ojos entornados.

-Carla Sala Ruhi

Buenos días

Siete de la mañana. Suena el despertador. El cojín se me ha marcado en la mejilla, y la tela del pantalón del pijama ha subido hasta la pantorrilla. Hace frío.
El primer día de universidad después de las vacaciones de Navidad se presenta diferente, entusiasmante, cansado.
“Por lo menos puedo estrenar mi cafetera nueva”. El pensamiento aparece en mi mente poco después de que los ojos se hayan acostumbrado a la penumbra que aún reina la habitación.
Me noto la boca seca y a tientas busco el agua sobre la mesilla de noche. El móvil, las gafas, un libro, horquilla, goma de pelo… botella. “Demasiadas cosas para un espacio tan pequeño”. Un escalofrío. “Maldito tiempo matutino del norte”. Me planteo el no ir a clase y quedarme en la cama; no tengo ansias de enfrentarme a elegir un vestuario adecuado a la meteorología. “Vamos, hooligan, levanta el culo de la cama y vístete; o al menos prepárate el desayuno”. Gracias conciencia y sentido del bien por actuar en contra de mi propia voluntad. ¿Alguna vez tenéis discusiones internas? Hablo conmigo misma demasiadas veces.

A pesar del frío, el sol escondido entre las montañas del Perdón, empieza a asomarse. Brilla. Me duelen los ojos. Las gafas están sucias a pesar de haberlas lavado hace menos de media hora. “¿Por qué se ensucian tan deprisa los cristales de las gafas?”. He estrenado los nuevos cascos que me han regalado los reyes, así que dejo que la música se introduzca por el conducto auditivo y me llegue al cerebro. Instintivamente mis labios se mueven al ritmo de la melodía y mi andar se acompasa a la canción que resuena en mi oído.
El camino a la universidad se hace corto y ya me encuentro bajando por la cuesta detrás del edificio de tochos marrones. “Echaba de menos este lugar”.
Buscar la tarjeta para poder entrar a la facultad se hace embarazoso, “¿dónde narices la habré metido?”. Aprovecho para saludar a los bedeles y a las antiguas caras cuyo conocimiento ya había adquirido.
Cómo ya había consultado el horario se a que aula debo dirigirme. Un golpe de cabeza por aquí, un “Hola, feliz año” por allá, algún que otro abrazo… La clase esta vacía así que escojo el mejor sitio del aula. Fila dos. En medio. Para estar atenta, o al menos intentarlo.

El profesor entra en el aula. Se hace el silencio. Una puerta se abre; alguien que llega tarde. “Hola a todos, este semestre…” La voz del profesor resuena en los altavoces del aula y se abren los ordenadores para empezar a tomar apuntes.
Esta vez va de verdad. Empecemos.

Saltamontes

Verano. Adoraba el verano en su pueblo. Bueno, mentira. En verdad no, pero le gustaba el clima del Mediterráneo. Vivía en un pueblito con playa y muchos guiris, pero al mismo tiempo era bastante silencioso a causa de ser más bien un pueblo Bed&Breakfast. La población había ascendido en los últimos años, y las calles cada día estaban más sucias. El olor a marijuana se olía por las esquinas, y las paredes grafiteadas adornaban las calles con todo su esplendor. A pesar de eso, la mayoría de gente aprovechaba los días de verano para viajar a los pueblos vecinos y disfrutar de las buenas playas, y las fiestas mayores que se celebraban durante esa época.
Ese día patinaba en silencio, mientras la música se reproducía en sus auriculares, por las vacías calles de su pueblo. Llevaba una vieja camiseta que había adquirido gratuitamente uno de esos años en los que hizo de voluntaria en las jornadas de teatro, y un viejo pantalón desgastado que su madre le había comprado por cuatro euros en el Carrefour. Subía la cuesta que llevaba al paseo de la playa cuando volvió a encontrarse con su mirada. Paró en seco intentando no caerse de bruces mientras se agarraba al poste de una de las farolas de la estación de tren.

-¿Pero qué ven mis ojos? Cuanto tiempo sin verte – dijo acercándose a él andando como podía.
-Poco has cambiado. Estás tan guapa como siempre – respondió mientras sonreía y le daba dos besos.
-Qué quieres que te diga, me sienta bien la vida universitaria. Aunque no es que el tiempo sea ideal por allí arriba así que tengo la piel hecha un desastre -se quejó mientras le miraba con incredulidad.
-¿A qué se debe esa cara?
-Nada, me sorprende que ya no abraces.
-Pensaba que tú no dabas abrazos.
-Solo si la persona es especial.

Se miraron leyéndose el pensamiento y se fundieron en un abrazo. No se sabe cuanto tiempo duró. Ella cerró los ojos mientras inspiraba. Recordaba los viejos tiempos. Las historias que habían vivido. Las risas. Los llantos. Las conversaciones poco profundas, y cómo le quiso com a su hermano pequeño.

-Realmente te echaba de menos.
-Yo también. ¿Por qué te fuiste sin despedirte?
-Por qué pensaba que aquí ya no me quedaba nada.
-Siempre me tendrás a mí. Lo sabes.
-Lo sé.
-Creo que nos debemos una charla.
-Ciertamente.
-Persona de pocas palabras.
-Quejica.
-Tozuda.
-Conejo blanco.
-Osa.
-Renacuajo.
-Tapón.
-Oye, con mi altura no te metas, Victoria.
-¿Victoria?
-Sí, ahora eres mujer.
-Muy bien, Carlos. Qué así sea.

Se miraron con una sonrisa escondida en la comisura de los labios y empezaron a reirse sin control.

-Debería irme -dijo ella mientras se secaba una de las lágrimas que le resbalaba por la mejilla- aún debo ir a hacer algunos recados que me han encargado en casa. ¿Nos vemos mañana?
-Mañana suena perfecto. ¿Vienes?
-No, ven. Cuando me saque el carnet ya te haré demasiadas visitas.
-Entonces tenemos un plan.
-Tenemos un plan.

Se despidieron con un abrazo y dos besos. Olvidó el subir la cuesta y dirigirse a la playa, así que bajó la calle que llevaba al supermercado sintiendo aún la mirada del chico en su nuca. Sonrió.

Desde entonces han comido demasiadas palomitas y se han contado demasiadas historias escabrosas.
Nos vemos en breves Victoria.

-Carla Sala Ruhi

Hoy va por ti

Hoy va por ti. “Coraje, querido corazón”. Cuando no pretendía decir nada las palabras que intento transmitir me salieron con la mayor facilidad, pero plasmarlas ahora mismo, quizá es de las cosas más difíciles que estoy intentado escribir en veinte años de vida.
Hoy hace once años. Once largos y no tan sencillos años. Aún recuerdo tu sonrisa. Tus pequeños ojos marrones oscuros, tus duras y callosas manos y la morena cara redonda. El olor a puro, y tus enfados cuando no era suficientemente fuerte.

Te echo de menos y realmente lo siento. Siento no haber llorado. Siento haber roto la carta que te escribí. Siento no haber ido a verte cuando no podías levantarte del sofá. Siento haberte hecho enfadar, sacarte la lengua, no comerme la comida del plato o no haberte visitado más a menudo. Siento no haber tenido el valor de decirte lo mucho que me has importado, y que no hayas podido ver en la mujer que intento convertirme.
Recuerdo esos domingos en los que venías a buscarme en casa e íbamos a por una “Fanta” al bar de toda la vida. Era nuestra forma de evadirnos del mundo, de salir por un instante de la rutina, y nuestro pequeño secreto. Sabías entenderme con una mirada, y aunque escaseasen las palabras eras mi mayor confidente. Creo que perdí esa parte de mí contigo.

Adoraba ir al campo y ensuciarme. Corretear entre las tomateras y cazar ranas con un palo. Cuidar de tus gallinas y romper cajas con el pie. Guarrear en barro y hacer pastelitos mientras comía fresas del huerto. ¿Te acuerdas como correteaba entre las montañitas que formaban las hortalizas enterradas? ¿Te acuerdas como Paula y yo nos escondíamos en la cabaña con paja y palos que montamos al final del terreno?
Cuando te fuiste… cuando te fuiste… ¿por qué tuviste que irte? ¿por qué tan temprano?

No tengo palabras con las que expresarme. Normalmente suelo escribir porque es mi única forma de transmitir lo que siento. Pero me es imposible. No puedo. Seguramente ahora me dirías algo acerca de como de blandengue soy y de echarle un par de narices a la vida. Típico de ti. Ayer mamá me recordó una de tus frases: “Todo el mal que hace una persona al final, de algún modo u otro, se acaba pagando”. Poco sabía ella que hoy estaría haciendo esto. Pero míralo por esta parte, incluso no estando presente sabes como aconsejar a tu para siempre pequeña nieta.

Te echo de menos abuelo. Te echo de menos y odio no poder recordar los momentos que hemos vivido con nitidez. Sigo queriendo que me cuentes anécdotas y batallas de tu juventud. De como piensas que comer insectos fritos podría ser una experiencia interesante, y que me lleves en tu tractor por el pueblo. No es lo mismo sin ti. Las cosas no han funcionado tan bien como se esperaba, y a pesar de ser una mujer joven, independiente y fuerte como siempre me has dicho que fuese, me faltas tú. No tengo tu fuerza. No tengo la constante sonrisa en los labios que siempre ayudaba a calmar los problemas, y sin tu presencia, la vida se ha vuelto un tono más gris.

Espero que allí arriba te estén tratando bien.
Te quiero mucho abuelo. T’estimem avi.

-Carla Sala Ruhi

Ideales

Hablemos de zorras y putones verbeneros. ¿Demasiado directa? Qué pena.

Esto va a ser divertido. (Insertar aquí risa de puta loca malvada que como le toquéis mucho más los huevos os arranca la cabeza de un mordisco). Ahora que ya tengo la atención del público vayamos al grano. No, no soy una paranoica homicida, aunque algunos me digan que tengo complejo de Harley Quinn. Como todas las personas humanas del mundo, mi paciencia tiene un límite, y aunque me encante callarme las cosas, y ya tenga un máster en ello, ya me he hartado. Veamos. Os contaré una magnífica historia sin nombres ni detalles que me va a ayudar a calmar las ganas de coger a una gran cantidad de personas y colgarlas por los pulgares en las mazmorras de Hogwarts. Ai, querido Filch, entiendo la rabia que te consumía por ser un squib. No es que yo lo sea, obviamente. Graduada con honores en Ravenclaw, tetes.

Había una vez en un castillo imaginario una niña que correteaba por sus jardines repleta de inocencia… Nah, no correteaba, se pasaba el día leyendo libros dentro de su habitación por escapar del mundo que le rodeaba. No la llamaban Cenicienta, ni limpiaba las chimeneas, ni era huérfana, ni tenía hermanastras – solo una hermana pequeña encantadora y demasiado alta para su edad – pero su esperanza de pertenecer a un mundo repleto de gente falsa hasta la médula empezaba a desaparecer.

Perdón, ¿he rebobinado demasiado en el tiempo? Tranquilos, no os voy a contar su infancia, es bastante común; cuatro enanos que se reían de ella por ser una friki, sin amigos, bastante solitaria, etc, etc. No entraré en problemas personales de la chica porque debería pensar en demasiadas metáforas, y ahora mismo la transición española y mis queridos amigos Suárez, Aznar, ZP y Rajoy me están llamando a gritos: “Oh, estúdiame, estúdiame. Vamos a ser buenos contigo. Te lo prometemos. No vamos a desahuciarte, ni a llevarte a la mierda. Hemos aprendido de los errores de la historia”. JA JÁ. Mentira. Mentiras como todo lo que me llevan a escribir esta preciosa historia repleta de comparaciones. Continuemos con ella.

Un día la chica decidió salir de su castillo y viajar por el mundo. Quién dice viajar mundo dice irse de su casa para cumplir sus sueños. Esta princesita no quería un príncipe que la mantuviese. Por favor, nos encontrábamos en el siglo XXI y ella tenía un poco de personalidad. Así que decidió empezar a abrir sus libros al mundo. A dar a conocer aquello que siempre había retenido, y que nunca había mostrado a nadie. Aquí vuelve a entrar la misma historia de siempre, hadas que eran más malas que la peste, compañeras princesitas que eran más abiertas que el diámetro del London Eye, y doncellas a las que decidió enseñarles aquél mundo que ella siempre había guardado, y tanto le costaba mostrar, que le habían dado por el culo. Un día conoció a un galante caballero que decidió tenderle una mano, y subirla encima de su caballo. Cómo le gustaba a ella tener su melena al viento mientras viajaba por el mundo a su lado. Todo cambió por eso. Un día, así sin más, decidió tirarla de golpe rompiéndole toda la crisma. Oh no, no se murió. “Ojalá hubiese sido así”, pensó ella. El tiempo pasó y como todo en este mundo perfecto mundo inventado, lo superó; de la misma forma que había superado que anteriormente le diesen por el culo con una caña escardada. Eso existe, ¿no? Creo que acabo de hacer un mix con un dicho catalán. En fin, es algo solía decir mi abuelo. Que en paz descanse. Se te echa de menos. Joder, porque coño te fuiste tan temprano. Solo espero que estés bien. En fin, no me dejéis irme por las ramas, que me pongo sentimental, y esto vuelve a tener el mismo tono melancólico de siempre, y hoy no tengo nada taciturno a decir. Volviendo a la historia.

La chica harta y hasta los huevos de que se mofasen de ella, y de permitirlas todas, así como perdonarles después, decidió escribir un manifiesto para sí misma que le ayudó a no coger el hacha y empezar la Purga 5. Muy en contra de su pesar, comparto aquí las palabras que un día declaró:

“Me he hartado. Se acabó. Estoy cansada de que después de este tiempo sigas apareciendo por mi vida como quién no quiere la cosa. Estoy hasta la coronilla de que las personas que pretendan permanecer en mi vida lo hagan por interés, o tan solo por el mero placer de tocar las narices. Iros todos. Dejadme en paz. Me da igual lo que hagáis con vuestras vidas, de verdad. Sed felices. Juntos, separados o viajando por el mundo, me es indiferente. Pero basta de mentiras. De cuchicheos. De falsas acusaciones. De putas historias que ahora mismo no tengo la capacidad moral ni física de aguantar. ¿Por qué tenéis que tocar tanto las narices? ¿Qué os he hecho yo? No he hablado mal de nadie, bueno, quizá sí, pero solo un poco. No os he hecho daño físico, ni ético, ni intelectual; al contrario, siempre escucho y callo. Escucho todos los problemas a pesar de que no me interesen y pudiera estar haciendo cosas más interesantes. No deseo mal a nadie, ni tampoco llevo la contraria. Entonces decidme, ¿por qué sois todos tan falsos, mentirosos, jodidos traidores y putos fantasmas egocéntricos e inmaduros? Se acabó. Estoy hastiada de todos vosotros. Mi paciencia ha llegado a un límite. Puse el punto y final hace tiempo, y a pesar de eso he continuado siendo benevolente. Pero ya basta. ¡YA BASTA, POR EL AMOR DE DIOS, BASTA! Hasta estos extremos tenía que llegar. Nunca en mi vida me he cabreado. Nunca he insultado. Nunca he menospreciado aunque me menospreciasen, y lo máximo que he podido hacer es ser borde. Y no es nada comparado con las contestaciones que dice mi madre que he llegado a hacer en mi casa. Así que basta. Mi cerebro ya no puede más. Punto y final. Os deseo a todos muy buena suerte en esta vida, y espero que las cosas os vayan muy bien. Que tengáis mucho éxito, muchos hijos, que viajéis por el mundo como si de Phileas Fogg trataseis y que os toque la lotería. Dejadme ser feliz con aquellos que realmente merecen mi atención, lágrimas y paciencia. Adiós. Adiós, por favor”.

Que rebelde la princesita. Mira que soltar esas palabras… ¿qué tipo de modales enseñan en los palacios de hoy en día? La futura reina de su casa cerró con un golpe seco la libreta que tenía en las manos mientras ponía un punto al final a la frase que acababa de escribir. Cogió las cosas esparcidas por el suelo, y las amontonó todas en una pequeña pila en un rincón del cuarto, mientras hacía espacio en el suelo para ponerse los cascos y cantar a pleno pulmón aquellas canciones que la acompañaron toda la vida, mientras añadía movimientos sexys de caderas, a la función que nadie podía observar dentro de su pequeño escondite de cuatro paredes. Y obviando a la gente, a las críticas, y a las falsas acusaciones, la chica creció.

Y aquí termina mi historia sin sentido. Oyendo voces que intentan sofocar este aullido que por primera vez alzo por encima de todas las cabezas. Todos vosotros, tened presente una cosa, nunca podréis hacerme callar. Recordad que mi única prioridad en esta vida es esparcir la verdad. Odio con toda mi alma la mentira y la falsedad; y con este ideal por bandera temed, porque vengo para no irme.

-Carla Sala Ruhi

Mujeres

Sí, sí… Sé que tendría que estar estudiando para los exámenes y debería dejar de escribir durante este breve periodo de tiempo en el cuál debo centrarme en cosas más importantes como los estudios. Lo sé. Lo tengo presente. Pero seamos sinceros, ¿os pensáis que alguien puede estudiar 24/7? A mí ya me duele la cabeza después tanto marco legal en la comunicación y las estructuras del mercado. Esto me lo voy a saber mañana para el examen, pero dudo que me acuerde en un par de semanas.

Bien, vayamos al grano, y empecemos con el motivo por el cual he decidido abrir mi ordenador en un instante de concentración total.

Durante uno de los descansos que me he tomado la libertad de regalarme esta noche he decidido abrir Instagram y Twitter; ¿y qué es lo que me he encontrado por el timeline? El desfile de los ángeles de Victoria Secret por todas partes. Encantador. Magnífico. Espléndido. Mujeres altas, delgadas, con espacio entre los muslos, bellas, maquilladas, preciosas, estupendas, famosas, enseñando barriga, posando en ropa interior, luciendo cuerpo, etc. Gozo para los ojos del ser humano. Al mismo tiempo me he encontrado a mí misma pensando: “Joder, yo también quiero esas piernas… y más ahora en exámenes, que con el estudio como chocolate hasta ponerme hasta el culo, y creo que he ganado unos kilos de más porque ya se me están acumulando”. Cómo buena periodista y mujer he cliqueado en el perfil de las modelos que desfilarán en Paris, y lo acepto, he muerto de envidia. ¿Habéis visto que tetas más bien puestas tienen? ¿Y que pelo? ¿Y que piernas? ¿Y que traseros? ¿Y la sexymbolidad que desprenden? Acojonante. Hoy me ha pillado por ser mal hablada. Lo siento. Pero es que después de volver de la universidad me he visto el monólogo de Pepe Rubianes (descansa en paz) y se me ha pegado un poco de su maravillosa forma de ver la vida.

Alguna vez he intentado hacerme alguno de esos maquillajes que no se notan en absoluto, pero que en realidad son un portal a Narnia de la cantidad de capas de pintura que llevan, y constato, que aún sigo teniendo problemas en hacerme el eyeliner acorde con el del otro ojo, y de pintarme los labios sin pasarme de la línea. Os juro que es más complicado que el “pinta y colorea” que nos hacían en preescolar. Como mi pijama es una sudadera y un pantalón hiper holgado he decido hacer un mini striptease para mí misma, y así comprobar qué de modelo puedo llegar a tener, y cómo de sexy soy comparada con esas mujeres. Podéis reír. Mi yo interior también lo está haciendo. Pero bueno, como en mi armario tengo un magnífico espejo de cuerpo entero, me he observado en ropa interior y he concluido una cosa: Que soy un tapón con curvas y me siento orgullosa de ello.

Un día ya me molesté bastante al ver que en una tienda de Mango la talla de pantalón que tenían en uno de los maniquíes era una talla 30. ¡30! Le pregunté al dependiente si hacían ropa para anoréxicas o solo era especial para maniquíes. Me miró con cara de sorpresa y creo que estaba a punto de darme un sopapo. Por suerte mis padres estaban cerca y hui. Pero este tipo de cosas me enervan. ¿Tengo que entrar en una talla treinta, medir un metro setenta y cinco, no tener las tetas caídas, conseguir ese espacio entre muslo y muslo, y saber maquillarme para que no se me noten las ojeras de trabajadora que tengo, para poder entrar dentro del prototipo de “joder, que cuerpazo, y que tía”?

¿Sabéis que comentaba un hombre en una de las fotos de Gigi Hadid? “Mi novia me acaba de dejar por estar cinco minutos mirando fijamente esta fotografía sin prestarle atención”. Me parece patético, y triste. Sobretodo triste. Qué una mujer deba entrar dentro de los ideales de belleza impuestos por una sociedad consumista y capitalista, para que cause buena impresión al ojo masculino, ya acostumbrado a las mujeres esbeltas, maquilladas, depiladas hasta que no quede un pelo fuera de lugar – porque otro tema es ese, esas mujeres van depiladas completamente para llevar ese tipo de ropa interior, ¿sabéis la cantidad de infecciones que se pueden coger si la zona púbica está completamente al aire libre? ¿y el dolor que causa depilarla entera? ¿estamos locos? – y con ropa medianamente decente que les remarca todos sus atributos.

Creo que cada día, como mujer que no entra dentro de los ideales establecidos por la moda, me siento más irritada conmigo misma por no encontrar la forma de encajar dentro de ese mundo que tanto nos rodea e influye sin que nos enteremos, y eso es malo. No me hace ningún bien, porque debería contentarme en convertirme en la ambiciosa y educada mujer que han querido mis padres que sea. Debería ser feliz con eso. Y a pesar de eso siempre que vea a una de esas mujeres voy a pensar: “Ojalá fuese más alta y no tuviera piernas con celulitis”. ¿Y para qué? ¿Para desvalorizarme aún más? Nah, creo que no.

Modelos de Victoria Secret. Podéis presumir de cuerpazo todo lo que queráis que yo por lo menos tengo cerebro. Chicos que menospreciáis a las mujeres por su físico. Iros a tomar… Digo, vosotros os lo perdéis. Detrás de un cuerpo que quizá pensáis que no es lo suficientemente atractivo para vosotros hay una mujer que tiene mucho más para daros. Y por último, mujeres que solo os centráis en el físico. Dad a los hombres que quizá no son tan atractivos una oportunidad, no todos piensan con la entrepierna.

-Carla Sala Ruhi

A oscuras

“He perdido mi inspiración”. Suspiró. “He perdido mi inspiración”, se repitió para sí misma mientras reescribía una y otra vez la misma frase. Hacía días que intentaba sentir algo, o escribir alguna historia sobre algún hecho que le había sucedido. ¿Por qué de que van a hablar los escritores en un relato corto, si no es de lo que sienten o de algún acontecimiento que hayan vivido?

La música sonaba en los auriculares que quemaban en sus oídos a la voz de Gerard Quintana con “El far del sud”. Canciones de amor. Una canción acerca de un pavo que se enamora hasta las trancas de una actriz. Típico. A pesar de eso, ni las canciones que antes la animaban y la hacían cantar a su son conseguían levantarla de aquella lúgubre cama a la que se le notaban los muelles. “¿Qué es lo que me está sucediendo?”, dijo mientras se agarraba la cabeza entre las manos y la dejaba reposar en sus rodillas. Apartó de un manotazo los utensilios de escritura, y levantó la cabeza para quedarse observando fijamente la pared. Era blanca, y las burbujitas de la pintura se notaban si pasabas la mano por encima. Si prestabas atención incluso notabas los agujeros que los anteriores habitantes de esa habitación habían hecho al clavar las chinchetas en ella. Rio. “¿Qué cojones me está pasando?”, dijo mientras una gota traviesa resbalaba por su mejilla, y se posaba en la comisura de los labios que en ese momento formaban una sonrisa taciturna.

Dejó caer la mano con suavidad notando las sinuosas líneas del habitáculo en el que se encontraba mientras volvía a posar su extremidad en el costado. Su cuarto se hallaba a oscuras, no tenía ganas de escuchar las palabras que alguien pudiese ofrecerle, y prefería que pensasen que estaba dormida. No pretendía poner su mejor cara, y hacer como que los balbuceos que hiciesen le parecían interesantes. A pesar de eso, no pudo evitar preguntarse por qué se sentía tan sola. Sabía que no lo estaba, pues, aquellos que realmente sabían cómo su día a día funcionaba, le habían dicho y demostrado lo contrario unas cuantas veces; pero sentía a todo el mundo tan lejos, que no pudo evitar derrumbarse entre las sábanas.

“Todo el mundo se piensa que soy fuerte, pero interiormente estoy tan rota, que ni yo misma encuentro el pegamento para recomponerme”, se dijo a sí misma mientras dejaba escapar una carcajada. “Sí, genial, hablo conmigo misma y me autoaconsejo; que alguien llame al psiquiatra”. El lápiz rodó hasta el extremo de la sábana que le cubría cayendo al suelo con leve retumbar. “Mierda, seguro que se ha roto la punta”. Una luz en el pasillo se encendió. “Mierda, ya he despertado al personal”.

“Oye, ¿te encuentras bien? No me digas que estás viendo una película que te está haciendo moquear…” Encendí la luz. “No, que va, si no estoy moqueando”, dije componiendo la mejor sonrisa que podía poner un sábado a las doce y media de la madrugada. “Solo estoy… – observé a mi alrededor buscando una excusa plausible – solo estoy escribiendo”, dije mientras recogía el lápiz del suelo y mostraba la hoja en blanco que tenía encima de la cama. “Ya decía yo que por una película no podía ser; y no es por nada, pero en esa hoja no hay nada escrito”. Sí, tenía una compañera de piso muy observadora. Que se note el sarcasmo. “Cierto, pero está todo en mi cabeza, eso es lo que importa”. Fue una conversación breve, que consiguió sacarnos una carcajada mutua por un comentario bastante absurdo. Cerré la luz mientras ella salía por la puerta despidiéndose con un “buenas noches”. Me di cuenta que seguía agarrando con una mano el material necesario para poner por testigo algún acontecimiento destacable que me hubiese sucedido, así que lo dejé en la mesita de noche mientras me tumbaba en la cama para intentar conciliar el sueño.

Quizá todo estuviese en mi cabeza. Quizá solo fuese una tía rara con cambios hormonales, al fin y al cabo, pensaba demasiado las cosas. Pero, si no las pensase, nunca tendría nueva historia por contar; así que decidí que sería mejor irme dormir y pensar que mañana… que mañana sería otro día.

-Carla Sala Ruhi