Esas jodidas ganas que tengo.

Esas jodidas ganas que tengo de gritar, de cantar a pleno pulmón y de bailar en un salón a oscuras. De sentir las sábanas contra el cuerpo después de una noche de amor. De ver salir el sol con un vaso helado en la mano y retar al viento a acariciarme la piel desnuda ante una ventana abierta. De decir su nombre y doblegar su obediencia.

De romper, de destrozar y de reír hasta llorar. De quedarme sin aliento. De inspirar con toda la fuerza que me permita el ser para volver a doblegarme ante una absurda ocurrencia.

Son esas jodidas ganas que tengo de correr hasta que se acabe el puto camino. De patear las cadenas que un día me ataron y que no me permiten salir. Salir de esta claustrofóbica habitación en la que yo misma me encerré, estúpida de mí. De arrancar la pared de cuajo y volver a gritar. Gritar hasta quedarme sin voz, sin pulmones, y sin jodidas ganas de estremecerme entre colchas demasiado gruesas. De no temblar por las noches al pensar en el mañana. De decir hoy sí que no. Hoy sí que no vas a poder conmigo. Hoy no me vas a pisotear, ni menospreciar, porque hoy me toca a mí.

Joder, hoy me toca a mí bañarme en el mar de noche. Hoy me toca a mí conocer a mis ídolos y abrazar a mis seres queridos. Hoy me toca a mí pasarme la noche en vela observando la silueta de su cuerpo ante el reflejo de la luz. De tatuarme una pausa continuada en el cuerpo. Hoy me toca a mí hacerme valer por aquello que soy y he aprendido.

Porque hoy tengo esas jodidas ganas de decir: Tú no, hoy me toca a mí.

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Escena cotidiana

Sensualmente se desvistió ante la mirada escrutiñadora del chico que permanecía tirado en la cama. Lo primero que se esparció fueron los zapatos, que desviándose hacía diferentes puntas de la habitación abrieron un camino al borde del colchón. Se desabrochó el cinturón con una mano, mientras con círculos movía la cadera tal y como lo había visto en esa película de Cameron Díaz.
Con un coqueteo indeciso, se arremangó la camiseta e intentó meter la mano por el agujero de la cabeza quedándose atascada y sin visión. “Oye, una ayudita, ¿plis?”, musitó. Notó como unas manos frías se le posaban en la cadera y de un golpe le ayudaban a sacarse lo que le faltaba de camiseta. “Muy amable”, dijo sonrojada.

Se tiró en la cama apuntando hacía el único sitio libre que quedaba. Apoyó la cabeza en las piernas del chico que le miraba con una sonrisa y poniendo comillas insistió en que nunca volvería a intentar hacer cosas sensuales. “Una putada”, pensó él.

-Entonces, ¿qué quieres para cenar?

 

  • Carla Sala Ruhi

Neón remojado

Observaba la parpadeante luz de neón blanca que iluminaba esa zona concreta de la calle. El ruido amortiguado de voces aún resonaba en el local del que acababa de salir, y con el abrir y cerrar de la puerta principal, los cristales castañeteaban al ritmo de la música que los altavoces proferían en el interior. “Oferta, ¡calcetines blancos a mitad de precio!” Blancos. Ahora estaba, y entonces ya no. La señal se le marcó en el cerebro.
Instintivamente se inclinó sobre sus puntas y se arrodilló; dejó en el suelo el vaso que aún llevaba en la mano, y empezó a desabrocharse los cordones del zapato. Se descalzó dejando a un lado las zapatillas. Observó el dedo gordo del pie sobresalirse del calcetín a través del agujero que se le había ido haciendo mayor a medida que la noche avanzaba. Lo movió mientras se reía con el movimiento que estaba efectuando. Se quitó ambos calcetines e hizo un bonito lazo con ellos. Los dejo en la papelera más cercana apoyándolos en una de esas varas que aguantan las papeleras al suelo. “Ahora la papelera tiene una pajarita”. Rió ante su ocurrencia mientras se tambaleaba un poquito. Volvió a coger el vaso que había depositado en el suelo y lo tiró a container que acababa de decorar, pero, no sin antes terminarse de un trago el contenido que aún tenía dentro. Quinto “cubata” y de golpe. Puso cara de asco al mismo tiempo que el líquido le bajaba por la garganta. Pensó antes de ponerse los zapatos. Olió el aire y se arremangó el pantalón. Cogió los zapatos con una mano, y empezó a andar descalzo camino hacia su casa. Sentía las pequeñas piedras clavársele en la planta del pie y saltaba los charcos que la mal pavimentada acera había dejado estancados en las esquinas. Se miró la muñeca con pesadumbre. Las tres y media de la mañana. De pronto las palabras que su madre le había dicho antes de salir de casa le vinieron a la memoria. Aceleró el paso mientras recapacitaba acerca de la noche que acababa de vivir. Y corrió.

-Carla Sala Ruhi

¿Cuándo termina una relación?

Muchos dirían que actualmente una confraternidad entre personas termina cuando estas dejan de ser amigas en Facebook. Cuando alguien se bloquea en WhatsApp; o cuando al verse por la calle se crea una imagen automática que nubla la visión, y sólo se puede evitar si esa persona te sigue en Instagram.

La necesidad de apartar y olvidar una experiencia compartida se elimina de la existencia con tan solo un click! sin lugar a explicaciones, conversaciones o pruebas refutables de que aquello que existía debe seguir siendo. De qué sirve hablar, cuando para retomar de nuevo algo bloqueado, tan solo tenemos que volver a apretar un botón.

Funcionamos como el AdBlock de Google. Esa aplicación que te elimina cualquier rastro de anuncios en la página web que visitas y no te molesta ningún pop up que pueda pasar inadvertido. La inhabilidad de encarar aquello que se tenía, es más sencillo cuando un ente externo bloquea automáticamente aquello que actualmente conforma nuestras vidas.

Rapidez, inconstancia y debilidad, características de las relaciones 2.0.

-Carla Sala Ruhi

La revolución de las mujeres palo

La revolución de las mujeres palo empieza en los percheros. En esos vestidos negros en forma de saco, sin forma ni figura, que con tanta rapidez, eficacia y entusiasmo se venden en las tiendas de Amancio. Empieza en las dietas proteicas y de carbohidratos a las que miles de mujeres y niñas se someten para perder “esos kilitos de más”, y entrar en ese vestido de fin de año que compraron en las rebajas de verano, o en la tercera oferta de temporada. En esas miles de horas mirando revistas y sudando para tener el cuerpo de un ángel de Victoria Secret. Está en esas mujeres que desean tener menos pecho para que no se les marquen los miles de vestidos apretados que existen, y para que a la hora de hablar, no les miren las tetas con descaro y así se dignen a dirigirles el habla mirándoles a los ojos. Se encuentran en las curvas de una joven en desarrollo, de las maduras, y de aquellas ya desarrolladas que se esconden detrás de amplios jerséis para que no les miren mal al pasar. Está en las miles de horas que alguien no concebido por la moda española, se pasa preguntando delante de un espejo si alguien se va a fijar en la ondulación exhuberante que hace su falda al danzar al compás del paso.

La revolución de las mujeres palo ha empezado, y está siendo olvidada por una sociedad superficial que ha dejado libre los placeres humanos físicos, para convertir, a tanto hombres como mujeres, en el símbolo de objeto feo al no disciplinarse dentro de un patrón concebido por una marca barata de ropa. Son cada vez más los días que veo a niñas adolescentes mostrando el típico agujero entre los muslos y luciendo orgullosas su vientre plano. De matarse de hambre y comprarse la ropa más ceñida para marcar esos espacios en blanco. Y yo me pregunto: ¿Ahora todas nacen así, como paridas de un molde, o realmente hay cada día un número más elevado de trastornos alimenticios por culpa de la moda, y los mundanos no nos enteramos?

Que continúe la revolución si así los grandes diseñadores, prototipos y modelos quieren. Que viva en el exterior, y que sigan existiendo tiendas donde lo que importe no sea la talla, sino la calidad del producto. Que a mí, la paranoia, no me llegue nunca, porque he concebido lo que es vivir atado a tu propia dieta, al qué dirán y al aspecto físico. Sea como sea, y como dijo alguien una vez: “Para vivir en los huesos, ya tendremos toda una eternidad”.

-Carla Sala Ruhi

Querido profesor/a

Querido profesor/a,
Tengo algo que confesarle, y es que no estoy aprendiendo nada.

“Le das demasiadas vueltas a la cabeza”, me respondió un profesor en una revisión de examen. “Piensas demasiado”, continuó. ¿Cómo puede uno “darle demasiado a la cabeza” si se encuentra delante de algo que intenta comprender o expresar? ¿Acaso no somos universitarios? ¿Podría decirme por qué está mal pensar? Es que pensar, que palabra tan olvidada en pleno siglo XXI. Nos encontramos en la época de la libertad y la revolución global, y parece que nos movamos como autómatas siguiendo las directivas establecidas por un sistema envejecido, y que no favorece a todos los estudiantes.
Lo siento, profesor, pero no me sirven ni sus clases ni su asignatura. Lo siento, profesor, no me estoy formando con el método de estudio que está aplicando, ni tampoco con las clases que me está dando. Estas son las palabras que le hubiese dicho si pudiera hacerle frente a la planificación educativa, pero que intento decirle ahora.

¿Sabe lo que es mirar un examen y decir: “Esto me lo sé”, pero luego suspender por “no ser exactamente” lo que usted requería? Estamos delante de un sistema que prefiere las palabras textuales dichas en clase y el parafraseo del profesor, al razonamiento general del alumno y su comprensión por el temario que se le ha dado. Somos loros. Loros con la misión de empollar un programa, muchas veces inútil, que debe ser vomitado en los exámenes de manera concreta para poder superarlos. Además, el volumen de estudio incrementa cuando tienes ocho asignaturas diferentes cada semestre, y estás repitiendo asignaturas como Política, Radio, Televisión o Historia, todos los años en un temario igual al 90%; y que además, comporta averiguar cómo vas a tener que explicarlo de forma distinta, y que sea de agrado al nuevo profesor que te va a impartir la materia. Aunque ya lo hayas explicado anteriormente de otra forma.

Muchas veces me siento estúpida. Cateta, por no saber empollarme lo que una persona me dice, y que al intentar expresarlo con mis propias palabras falle así en el intento de pasar la asignatura. Vaya, suspendiendo. Dándole importancia a un número. Un número que resume mi paso por sus clases, y que supone el resultado de mi trabajo, esfuerzo y conocimiento sobre cierto campo. Un número que para el Estado y el sistema educativo, es igual a mi coeficiente intelectual y al conocimiento que puedo tener sobre un tema.

Llegados a este punto, cabe decir también que no es así en todas las ocasiones. Hay profesorado muy apto que valora la inteligencia personal del alumno y no espera en ningún momento que repita textualmente el temario dado; sino que le hace razonar. Pensar. Aquí vuelve a salir lo que le exponía al principio. Pensar es la clave para que realmente se demuestre el conocimiento de un estudiante con respecto a la materia que se le ha dado. Algunos ya lo han entendido y ya no preguntan cuestiones específicas acerca de algo concreto. Sabe, no por no poner una definición al pie de la letra, e igual a como usted o un personaje concreto de la historia lejana dijese, no se ha estudiado. No todo debe basarse en exponer lo que otro ser humano ha filosofado antes que tú.

Le soy sincera al decir que no estoy aprendiendo nada, y cuando intento comprender algo que realmente me interesa, solo me toca expulsarlo en un examen a final de semestre que no ayuda a mi aprendizaje. Además, no olvidemos, que si corriges o añades información que el maestro no ha dado, aunque ésta sea correcta, siempre va a estar mal. Usted lo rebate diciendo que eso no es algo que haya adquirido durante sus años como docente. Pero qué es, al final, la universidad sino un tiempo y un espacio de investigación, aprendizaje y trabajo. ¿No le parecería mejor premiar el error, el equivocarse y saber salir adelante? Equivoquémonos. Riñanos, si lo cree conveniente. Enfádese. Aprenda a fastidiarse. Discutamos. Tengamos una ventana abierta al diálogo, y no quiera tener la razón. Riamos, si hace falta. Aprendamos. Yo de usted, y usted de mí. Nunca se deja de crecer como persona, y nunca se sabe de dónde va a proceder el conocimiento. Atrevámonos. Atrévase, porque llegará el día en que sea demasiado tarde. Ni Einstein, ni Jobs, ni Hawking, ni Christie, ni muchos otros más, fueron a la universidad porque la encontraban inútil. Hablamos de personajes de hace décadas y siglos que rehusaron del conocimiento y prefirieron encontrarlo en otros lugares. ¿Pretendemos seguir igual?

Llámeme rebelde, suspéndame, haga lo que quiera; pero sólo soy la voz que refleja una idea, y la chica que da mil vueltas a los pensamientos de su cabeza y seguirá haciéndolo.  

Muchas gracias,

Carla.

Reflexiones de madrugada

Felicidad: “1. f. Estado de grata satisfacción espiritual y física.
2. f. Persona, situación, objeto o conjunto de ellos que contribuyen a hacer feliz.
3. f. Ausencia de inconvenientes o tropiezos”.
Esta es la definición según la RAE. Razonable. Didáctica. Concreta. Específica. Pero, ¿es para todos así?

Más de una hora estuvimos en clase discutiendo acerca de cuál es el verdadero significado de esta palabra y no se llegó a ninguna conclusión específica. Algunos decían que podía ser un estado sentimental. Otros que es una etapa. Alegría. Entusiasmo. La misma RAE da distintas definiciones sobre felicidad que, aunque parezcan relacionables entre sí, los conceptos de los que nos informa son verdaderamente distintos.

No es la primera vez que en una conversación informal con amigos sale el tema, y no es la primera vez que después de vivir un día más, mi opinión acerca de este sustantivo cambia. Al principio de todo, cuando los problemas aún no habían empezado y la poca inocencia que he tenido aún permanecía en mi ser, creía que la felicidad era comerme un buen trozo de pizza, de leer un buen libro o de disfrutar de una buena canción a oscuras y en silencio. Poco después decidí que la felicidad no existía, que los hombres veníamos al mundo a sufrir en silencio para que nos diesen una puntada de pie en el culo, y aquello al que podríamos llamar felicidad solo eran instantes efímeros de alegría ocasionada por alguna meta deseada. Allí es cuando estuve de acuerdo con la tercera definición que da la RAE.
Pero como todo en esta vida, las etapas pasan, y no es hasta que tocas fondo y ves el mundo exterior, cuando realmente te das cuenta de que todo aquello que creías haber adquirido anteriormente mediante la comprensión del mundo, y la aprehensión de los sucesos, era totalmente erróneo.

Mi vida no ha sido de color rosa, nunca había sido feliz como tal; me rodeé de gente oscura, y leí a Nietzsche y Freud en secreto. He leído, he visto, he vivido, he hablado y con casi veintiún años creo que ya me he creado mi propia filosofía de vida.
Un día, después de llegar del trabajo, de estar diez horas de pie atendiendo clientes con muchos humos y cuatro jóvenes maleducados, me desplomé en el sofá de mi casa y puse los pies encima de la mesa antes de ponerme a llorar desconsoladamente. Mi madre, después de estar todo el día trabajando, vino con una crema a masajearme los gemelos, y a calmar mi llanto. Afirmo que esa noche dormí poco. Soy de esas personas que antes de meterse en la cama solucionan los problemas mentalmente, y tiene conversaciones consigo misma intentando solucionar aquello que cree que aquel día ha salido mal. Entonces no lo vi, pero a las semanas, sucesos exteriores a mi persona, me dieron a entender algo que quizá se me había pasado por la cabeza, pero nunca había llegado a poner en palabras. Puse una definición a felicidad.

Para empezar, he descubierto que la felicidad es algo que no sientes, tu no dices: “Estoy feliz” sino “Soy feliz”. Después, que cada uno entiende la felicidad a su manera. Para mí, es disfrutar de las pequeñas cosas de cada día, todos los días. De luchar para seguir adelante, a pesar de los problemas que te ponga la vida, y de valorar las cosas que tienes. Es ser fuerte. Tener un par de narices. De sonreír, aunque te estén dando palos. De llorar enfrente de alguien y no avergonzarte. De decir: “Hoy no, pero mañana sí”. Tener a alguien a tú lado. Comer. Dormir. Escuchar música. Aprobar un examen e incluso suspenderlo. Darte cuenta de tus errores. Aprender. Adquirir conocimiento. Leer. Ver una buena serie. Una risa. Un beso. Un abrazo. Un: “Estoy a tu lado”.

No me paro a pensar si la vida que tengo está llena de sucesos remarcables, ojalá los tenga en un futuro. Ojalá consiga mis sueños y sea una gran novelista en algún momento de mi vida. Pero es que no concibo la felicidad como el hecho de conseguir un logro o de estar bien conmigo misma, no me va eso de “un estado de satisfacción espiritual y física”, o de necesitar a alguien para saber qué es la felicidad. La concibo como el hecho de ponerle un par de narices al asunto y decir: “Vida, aquí estoy. Me las has hecho pasar canutas, ¿te lo pasas bien? Pues nada, me alegro. Yo también. Pero, ¿sabes qué? Sigo viva, y no sabes cómo me alegro de estarlo”.

-Carla Sala Ruhi